DETESTABLE

Esta es mi primera reflexión sobre eso que en este mundo llaman los “países latinos”.

Detestable

Me resulta impresentable contemplar pueblos separados por líneas imaginarias cuando comparten una base profunda de cultura, lengua, historia y tradiciones. Y me resulta todavía más detestable recordar que demasiadas de esas líneas no nacieron de ningún destino inevitable, sino de ambiciones particulares, caudillos, intereses mezquinos y grupos incapaces de imaginar algo más grande que su propio pedazo de poder.

Han cambiado las banderas. Han cambiado los himnos. Cambian los nombres. La pequeñez permanece.

Durante generaciones, grupos que difícilmente considero élites ilustradas han aprendido a utilizar los recursos, las instituciones y el conocimiento de sus países para su propio beneficio. Familias, camarillas, políticos, empresarios y arribistas que hablan de patria mientras calculan su siguiente contrato, su siguiente cargo o la siguiente forma de acomodar a los suyos. Eso no es una élite. Es una clase de aprovechados con «buenos modales».

Y sospecho que detrás de esa conducta existe algo todavía más miserable: no creen verdaderamente en aquello que gobiernan.

No creen en su propia civilización.
No creen en su propia gente.
Y en el fondo, tampoco creen demasiado en ellos mismos.

Durante siglos, el mestizaje fue presentado por otros (y posteriormente repetido por nosotros mismos) como algo inferior frente a la fantasía de las llamadas “razas puras”. El resultado está a la vista: generaciones enteras de individuos desesperados por parecer otra cosa.

Quieren parecer europeos.
Quieren pensar como europeos.
Quieren recibir la aprobación de europeos o norteamericanos.
Quieren sentarse en la mesa de las élites internacionales aunque para hacerlo tengan que comportarse como sus lamezuelas.

No aman lo propio porque nunca aprendieron a respetarlo.

Y una sociedad que no se respeta ni tiene identidad termina aceptando casi cualquier cosa:

Acepta corrupción.
Acepta nepotismo.
Acepta clientelismo.
Acepta mediocridad.
Acepta dirigentes sin grandeza.
Acepta instituciones que funcionan a medias.
Acepta depender de otros para pensar, producir, defenderse y hasta para decidir qué significa ser moderno.

Y después se preguntan: ¿Por qué nunca construyen nada que dure?

Que nadie malinterprete mis palabras y crea que estoy atacando a las élites porque me haya seducido el socialismo o alguna otra doctrina construida alrededor de esa nauseabunda obsesión por hacer iguales a quienes evidentemente no lo son.

Los grandes hombres y mujeres jamás han sido iguales al resto, y ninguna sociedad que aspire a la grandeza debería avergonzarse de reconocer el mérito, la capacidad, la disciplina o la excelencia.

Yo creo en las élites. Precisamente por eso desprecio a las falsas.

Una verdadera élite no existe para enriquecerse mientras su sociedad se pudre alrededor. Existe porque es capaz de conducir, construir, prever y asumir responsabilidades que otros no pueden asumir.

Las nuestras demasiadas veces han querido los privilegios de estar arriba sin cargar con ninguna de las obligaciones. Arribistas históricos vestidos de aristócratas.

Ahí comienza buena parte del problema. Y es también una de las grandes diferencias entre su realidad y la mía.

Mestizia no es un paraíso.

Es un Imperio y como todo Imperio ha conocido malos gobernantes, errores, derrotas, abusos, injusticias y momentos que muchos de ustedes probablemente encontrarían inadmisibles. Me importa poco fingir lo contrario.

Pero Mestizia tampoco terminó convertida en un Estado paria, en un subordinado permanente de otra potencia ni en una colección de provincias mentales esperando instrucciones del extranjero.

Aprendimos algo que en su realidad todavía parece incomodar:

Un reino mestizo no tiene que pedir permiso para existir.

Puede producir conocimiento.
Puede construir poder.
Puede exigir excelencia.
Puede admirar lo extranjero sin arrodillarse ante ello.
Puede competir.
Puede imponerse metas más grandes que simplemente sobrevivir.

Y puede construir una identidad propia sin pedir disculpas por ella.

ESE ES MI MUNDO.

Mi reino no es cómodo.

Es un reino de exigencia.
De disciplina.
De responsabilidad.
Y, por encima de todo, de lealtad.

En las próximas entradas les mostraré más de Mestizia: sus deberes, sus políticas, sus instituciones y, sobre todo, su realidad.

Algunas cosas les gustarán. Otras les resultarán insoportables. A quienes se escandalicen, sinceramente, les digo: no me importa. No escribo para agradar a arrodillados, débiles ni pusilánimes. Ya han hecho bastante daño convirtiendo la resignación en virtud, la mediocridad en normalidad y la debilidad en motivo de orgullo. Mestizia no fue construida para ellos.

— El Rey Mestizo

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